El Espíritu Santo está encarcelado

En la homilía que dió Su Santidad el papa Francisco en Santa Marta, incidió en dos ideas: hay que ser humildes y capaces de rezar. Si no se siguen esas pautas corremos el riesgo de adueñarnos de la Palabra de Dios, como los viñadores homicidas, que primero matan a los siervos y finalmente al hijo del amo de la viña.

Foto: Marcin Mazur/Catholic NewsUK

Foto: Marcin Mazur/Catholic NewsUK

El evangelio nos narra que los fariseos, ancianos y sacerdotes, a los que estaba dirigida esta parábola, entienden en lo que se han convertido por no tener el corazón abierto a la Palabra de Dios: “¡Este es el drama de esta gente, y también el drama nuestro! Se ha adueñado de la Palabra de Dios. Y la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, una palabra según su interés, sus ideologías, sus teologías … pero a su servicio. Y cada uno la interpreta según su propia voluntad. Así la Palabra de Dios queda muerta, queda prisionera. El Espíritu Santo está encarcelado en los deseos de cada uno de ellos”.

Esa muchedumbre sencilla – que iba detrás de Jesús, porque lo que Jesús decía les hacía bien al corazón, les calentaba el corazón –esta gente no se equivocaba: no usaba la Palabra de Dios para su propio interés, escuchaba y buscaba ser un poco más buena”.

¿Qué podemos hacer para no matar la palabra de Dios, para ser dóciles, para no encerrar al Espíritu Santo? Esta es la actitud de quien quiere escuchar la Palabra de Dios: primero, humildad; segundo, oración”.

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